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Me llamo...
Yolanda Fernández De Landa
Nací el...
el 30 de junio de 1965
y si fuera un árbol, sería...
Un haya. Fagus sylvatica, pago en euskera
¿Por qué?
Es el árbol de mi tierra, que nos proveía de leña en invierno y vivimos a su ritmo todo el año, los colores del otoño y el renovado verdor en primavera y verano.
Mis ramas se disponen de forma horizontal sobre mi tronco de manera que proyecto una densa sombra especialmente en verano. En el otroño mis hojas caducas toman todos los colores del rojo y el naranja hasta el ocre y cuando caen forman una alfombra a mis pies. Mis hojas tienen los nervios muy marcados y pelillos alrededor que se ven a contraluz. Mis flores no son llamativas, pero mis frutos se envuelven en una corteza leñosa con pinchos blandos y son muy nutrituvos.
Mis raíces necesitan suelos frescos y fértiles. Me es indiferente al sustrato, pero me gustan sobre todo las rocas calcáreas. Como tengo una elevada tasa de transpiración, necesito abundante lluvia y humedad atmosférica. Por eso vivo en el norte, pero si un año hay escasez de lluvias, mi sistema radicular es capaz de buscar la humedad en las capas más profundas del terreno.
Gracias a mi tronco soy un árbol erguido y esbelto que puedo alcanzar los cuarenta metros de altura. Tengo la corteza lisa grisácea con diferentes tonos que dibujan formas muy bonitas. Mi leña ha servido a mantener calientes las casas de los valles y montes en invierno y construir hermosos muebles.
Descubre su historia
Ya medio desfallecido, se sentó y, frente a él, se abrió una zanja en la tierra de donde brotó agua fresca, a su lado, una mujer extremadamente bella, junto a un carnero le sonreía. Enseguida se dio cuenta que Mari en persona le estaba ayudando: “Hijo mío, has demostrado ser un buen vasco, no te importa dar la vida si es en beneficio de tus vecinos. Te daré pasturas, y lo que necesitas para tí y tu ganado, y haré crecer un árbol que te dará buena sombra. Este árbol crecerá en toda la tierra, para que nadie tenga que pasar tu sufrimiento y se llamará Haya”.
Yoli, Yolanda Fernández de Landa, también tiene su haya favorita a la que visita cada día junto a su perra Argui y su gata que las acompaña. Al atardecer del verano, una vez acabadas las múltiples tareas que lleva el trabjo de ganadera, Yoli disfruta del paisaje de campos, montes, pastos y hayedos. La paz es la palabra que surge con más frecuencia en su conversación. Ella, que ha trabajado durante 23 años en una empresa en Vitoria, se vino en 2022 a Ullibari Arana y cambió su vida radicalmente por una promesa realizada a su pareja, Mikel, en su lecho de muerte: cuidar de sus animales.
Todos los animales de la granja son especies autóctonas vascas: las vacas terreñas, su ganado más abundante, pero Yoli también cria pottokas, un tipo de caballo que existía desde muy antiguo pues se ve dibujado en las cuevas pre-històricas de Euskadi, y cabras azpigorris en peligro de extinción, que Yoli ha dejado que vivan libres en sus tierras, arriba en el monte.
Como el haya, ha tenido que adptar sus raíces al terreno. Tras haber vivido en Vitoria la decisión de trasladadarse de la ciudad al campo fue un gran paso en su vida no exento de dificultades. Se encontró con que había todo un ecosistema que dependía de su esfuerzo y de su responsabilidad. Tras sortear los difíciles problemas burocráticos que presentaba el traspaso de la propiedad, tuvo que aprender un lenguaje, unas reglas y una nueva forma de vida. Cuando había ganaderos en el pueblo que le daban dos meses de aguante como mucho, ella, con su cabezonería según nos cuenta, ha conseguido en cuatro años echar adelante la hacienda.los difíciles problemas burocráticos que presentaba el traspaso de la propiedad, tuvo que aprender un lenguaje, unas reglas y una nueva forma de vida. Cuando había ganaderos en el pueblo que le daban dos meses de aguante como mucho, ella, con su cabezonería según nos cuenta, ha conseguido en cuatro años echar adelante la hacienda.
Ahora ya no imagina su vida fuera de Ullibarri Arana. El trabajo es duro, pero compensa la paz y la calidad de vida de la que disfruta ahora. Como el tronco del haya, se mantiene fuerte en su sitio, da apoyo a otra ganadera, Lucía en Oteo, y se apoya a su vez en otros ganaderos como Oier o Eduardo que le dan consejo siempre que lo necesita. Juntos forman un verdadero hayedo a través de una red de mutua confianza y ayuda. No en balde en la mitología celta el haya es considerada como el árbol de la sabiduría, pues los antiguos celtas consideraban que las hayas guardaban los secretos de la tierra. En este caso, un saber compartido con la naturaleza y las buenas gentes en su conjunto.
Para charlar con ella aprovechamos su paseo diario con la perra Argui y la gata madre que las sigue por el camino. Es un paisaje cambiante según las estaciones del año gracias al ciclo de los cultivos pero, sobre todo, al cambio de color de las hojas del haya, de las diferentes tonalidades del verde a toda la combinación de naranjas, rojos y ocres. Cada día pasa por delante de la suya, aún sin abrazarla como dice la tradición, está segura que en momentos de duda le ayuda a encontrar respuestas a través de los sueños. Como decía Antonio Machado “Las hayas son la leyenda”.









