Anna Roig

El léxico familiar. Escultora multidisciplinar

Las memorias guardadas de la infancia nos inspiran para ir construyendo personajes míticos, nuestros ancestros, de los que muchas veces vamos recogiendo la fuerza para reaccionar en esos momentos en que nos preguntamos, ¿y la iaia Isabel, cómo habría actuado ante ésto? Conversando con la escultora Anna Roig Llabata tengo esa sensación, de estar tirando del hilo de una larga tradición de hombre y mujeres ligados a la tierra en todos los sentidos, como madre nutricia y como proveedora de los materiales con que esculpir imagineria sagrada. También a la tierra como territorio de cultura, con una lengua castigada que es necesario preservar, con una tradición educativa ilícita durante la dictadura y con una literatura desconocida por recóndita. Todo este léxico familiar lleva la tradición heredada por Anna.

Nada mejor para empezar que escuchar sus propias palabras y saber cual es su árbol y por qué.

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Me llamo...

Anna Roig Llabata

Nací el día...

20 de Mayo de 1970

y si fuera un árbol, sería...

un frutal, un naranjo en concreto

¿Por qué?

Tengo en mi huerto-jardín un naranjo viejo y muy grande que plantó mi abuelo en los años 60. Siempre ha estado ahí junto a la tapia del fondo, "arraserat". Es enorme, aunque ahora ya va perdiendo mucha hoja, sigue produciendo naranjas en cantidad. Me recuerda de donde vengo y a mis antepasados que han propiciado que yo pueda desarrollarme tal y como lo he hecho.

Anna Roig
Raíz

El naranjo puede reproducirse por germinación de una semilla, por trasplante de una estaca o por acodo, es decir, partiendo de una raíz. Se desarrolla creando grandes raíces pivotantes que se van ramificando a partir del eje principal, son muy resistentes y forman conjuntos uniformes entre ellas. 

Tronco

Un solo tronco que crece derecho y cilíndrico, verdoso primero y gris después. A la altura de un metro, más o menos, empiezan a crecer sus ramas.

Copa

Redondeada y de ramas regulares donde crecen hojas perennes, medianas y alargadas, con base redondeada y terminadas en punta. Las flores, el azahar, aparecen en las axilas de las hojas, solitarias o en racimos. De la fragancia del naranjo viene su nombre: naru significa 'fragante' en la lengua de India de donde procede este árbol.

Y si yo fuera este naranjo, me encontraría viviendo en el huerto interior de una casa de campo, de esas que construían los labradores, sencilla pero amplia, práctica. Estaría en un huerto de frutales, acompañado por un pomelo, un aguacate, un caqui antiguo, que da caquis como de mermelada, un “jinjol” lleno de pinchos y sus manzanitas que si no se comen a tiempo caen y las devoran una fiesta de insectos (nada se pierde en la naturaleza), un níspero que las cotorras adoran, un granado, varias parras, un olivo, una lima mejicana y otros naranjos de navelina. Yo soy navel, tengo ombligo, un cordón umbilical me ha unido a mis ancestros.

Estoy en verano. Tengo hojas nuevas, y mis frutos que aun no están maduros, ya son grandes. Estiran mis ramas hacia el suelo, me pesan, pero su color sigue siendo verde. Hasta que no lleguen las noches frías no asomará su naranja luminoso.

Mis raíces son profundas en esta tierra cercana al rio Turia, en la partida de los Fondos. Gracias a ellas, soporto la embestida del viento del norte en invierno y encuentro aguas subterráneas, de las que me nutro.

Mi tronco es como la pata de un elefante. Gris, ancho, fuerte y rugoso, bien anclado en la tierra, tengo unos pliegues al lado de algunas ramas que recuerdan las arrugas de un rosto humano anciano. A veces me salen ramas jóvenes con espinas, pero enseguida me las podan. Esas nunca dan fruto.

Mis hojas, ahora son verdes, algunas claras, otras más oscuras. Hubo veranos que yo parecía negro, por el verde oscuro profundo que las teñía. Señal de salud. Hoy he perdido unas cuantas y algunas de mis ramas aparecen peladas. Me nacen pequeñas, un poco enroscadas y de un verde claro brillante y nuevo. Las voy cambiando. Un día empiezan a amarillear hasta que se desprenden y caen al pie de mi tronco. A veces me deleito observando las delicadas nervaduras desnudas de mis hojas muertas, filigranas orgánicas siempre diferentes.

Mis frutos son jugosos, pero he de admitir que no demasiado dulces. A finales de enero es cuando están en su punto, lo sé por que la familia que vive con nosotros viene a recogerlos, liberándome de su peso y de mis esfuerzos por conservarlos. En momentos de escasez mis frutos me sirven de despensa.

Huelo de forma distinta a lo largo del año. En invierno huelo a naranjas maduras, en primavera a azahar, en verano a sombra fresca, que aprovechan las moscas juguetonas persiguiéndose en círculos maniáticos, y en otoño me invade el olor de leña quemada.

Anna vive en la casa de campo que construyó su abuelo en Paterna como recurso práctico cuando iba a cuidar los huertos y, lejos de la capital, a veces no le daba tiempo a volver durante una tormenta o un día de duro trabajo recogiendo leña para el horno. En Valencia tenían horno que habían llevado los bisabuelos y de quienes heredó el oficio la iaia Fina. 

La casa de Anna y su familia ha ido creciendo modularmente, de casa de labranza a casa de veranos familiares y ahora su hogar y taller donde proyecta sus esculturas, sus diseños y donde crea. El arraigo a la tierra le viene por el lado materno, el de la escultura por el paterno, por el iaio Luis al que imagina, tras tantos relatos escuchados, como el artista que pasea por Valencia con capa y lazo de artista. 

El caso de Anna Roig Llabata no es el de Camile Claudel, quizá porque vivió una infancia y adolescencia guiadas por una madre y un padre conscientes de su papel, donde se inculcaron tanto la libertad como el sentido de la responsabilidad y el poder de la argumentación y el diálogo. Nadie la forzó a estudiar esto o aquello, pero tuvo que defender su opción de vida. 

Decisivo para la vida de la familia, cónyuges y tres hijas, de las que Anna es la mayor, fueron los casi dos años que pasaron en EEUU cuando Anna contaba ocho años de edad. De un ambiente gris y enfermizo en la Valencia de aquellos años setenta, hasta el punto que se le contagiaba al cuerpo siempre débil, a un mundo colorido según sus propias palabras. La cara de Anna se ilumina cuando describe su vida en el campus de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign donde su padre fue profesor invitado. A Anna se le quedaron en los ojos las praderas verdes, las áreas de juegos para niños, parques infantiles que nunca había visto porque en su ciudad no existían. No en vano, este campus es conocido por su paisaje y arquitectura y fue identificado como una de las 50 «obras de arte» de colegios o universidades por T.A. Gaines en su libro The Campus as a Work of Art. 

El sueño de Anna en los primeros días era “que me despierte por la mañana y sepa hablar inglés”, a los tres meses ya lo hablaba y jugaba con los otras niñas y los niños de la escuela Martín Luther King, sin caer enferma ni una sola vez y olvidándose de las botas ortopédicas que inmediatamente quedaron pequeñas e inútiles. 

En Valencia había frecuentado el Colegio del Santo Cáliz, un centro piloto experimental y todo lo progresista que se podía ser en aquellos años, a pesar del nombre.  La madre y el padre de Anna formaban parte del AMPA y la mayoría del profesorado era joven y especialistas que despuntaban en su materia. Pero aún así no tenía color. Cuando volvió notó el cambio. 

La Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, además de ser una centro que destaca por su investigación en Ingeniería agrícola, la especialidad del padre, también se distingue por su Biblioteca, la pasión y el proyecto de vida de la madre a partir de su encuentro con el sistema bibliotecario del campus. De hecho, el sistema de bibliotecas del campus posee la cuarta biblioteca universitaria más grande de los Estados Unidos en cuanto a existencias. Y lo que más impresionó a su madre, los ciclos de iniciación y motivación a la lectura para la infancia, con áreas dedicadas a ella y programas de cuenta-cuentos, entre otras cosas. Pero otra cosa más quedó grabada en la mente de Anna, las obras de arte que se podían contemplar en las bibliotecas. 

La madre de Anna asistió a cursos de biblioteconomía gracias al pacto de las otras mujeres en el campus, la mayoría de profesores eran los maridos, que se turnaban para cuidar de los hijos e hijas mientras se atendía a cursos y conferencias, The pool. A través de esta red de sororidad, la madre de Anna volvió a su país con el firme propósito de trabajar para crear bibliotecas que tuvieran en cuanta a la infancia. No fue nada fácil según me cuenta Anna, al principio los chicos no tenían otro divertimento que jugar a tirarse los libros a la cabeza, pero la persistencia y el buen hacer de su madre quedará grabado para siempre en el plan de Bibliotecas Infantiles de Valencia. 

Como no podía ser de otro modo, Anna es una gran lectora pero también tuvo claro muy pronto que quería dedicarse al arte profesionalmente, con estudios universitarios, por supuesto, no como pasatiempo. Solo cuarenta años antes, Virginia Woolf relataba la educación de “las hijas de hombres ilustres” como una educación para niñas casaderas: un poco de dibujo, un poco de piano, algo de bordado y francés. 

Para Anna el ambiente de la Universidad fue todo un cambio a mejor tras haber pasado por el Instituto Luis Vives, que en aquellos años era una institución muy tradicional donde iban a recalar “los elefantes” del Régimen. La consigna más fuertemente arraigada era “mostrar respeto por el profesor”, pero un respeto que quería decir sumisión a la autoridad. 

En la Universidad asistió a las clases de Vicente Ortí, que a su vez había sido alumno de Luis Roig, el abuelo de Anna. A pesar del coste de los materiales y de tener una salida laboral más difícil, Anna tenía claro que quería ser escultora y se espabiló en usar la radial y la maquinaria que fuese necesario. Pero los encargos son escasos… Por ello mismo le ha sido muy útil tener una formación versátil que se expande a la escritura, el diseño y la pintura. Aún así, ha tenido encargos importantes y sus esculturas se pueden ver en espacios públicos y también en galardones. A veces le piden cosas como máscaras para danza donde tuvo el gran acierto de diseñarlas con su sistema especial para que quien la llevara pudiera hacer acrobacias y el sudor no molestara: “Una solución que solo se le podía ocurrir a una mujer”… y guardamos el secreto. 

Algunas de sus piezas son en madera, otras en piedra y hay que saber elegir el material perfecto para cada caso: madera de olivo que es resistente y tiene personalidad con sus nudos y vetas, piedra de alguna cantera cercana al lugar donde se va a erigir el monumento… Hay que hablar con el personal de la cantera, elegir un buen corte y sobre todo confiar con el equipo, escucharse y comunicar bien el proyecto de forma que se trabaje al unísono. No es fácil. “Hay que dedicar tiempo y energía a la comunicación si quieres que salga adelante un proyecto de envergadura con materiales no solo caros, sino muchas veces únicos.” 

El “conciliábulo familiar” que reunía a los cincoR integrantes de la familia siempre que había algún tema a compartir y solucionar en común, se ha convertido en Anna en un hábito que ha trasladado a su trabajo: comunicación, es el tipo de respeto que ella aplica en su día a día.